El diagnóstico y tratamiento de las enfermedades cardiovasculares que ponemos en práctica actualmente tiene muy poquito que ver con el que el de los años setenta. La medicina en general y la cardiología en particular han logrado unos avances espectaculares en las últimas tres décadas. Han sido unos años de continuos descubrimientos de fármacos, técnicas, prótesis y dispositivos. Todo ello se ha traducido en una clara mejora de la asistencia que ofrecemos a los cardiópatas. No solo eso, los avances que viviremos en las próximos diez años posiblemente sean tanto o más importantes como los de la última treintena. 
¿Un panorama rosa para nuestra especialidad? Tal vez el único, aunque estas novedades tan beneficiosas se acompañan de un incremento exponencial de los costes. El aumento es de tal calibre que algunos expertos empiezan a trasmitir la preocupación de si nuestro sistema será capaz de soportarlo. Si hiciéramos una encuesta, estoy seguro de que la mayoría de los cardiólogos desconoceríamos el coste de técnicas diagnósticas, medicamentos y dispositivos que pautamos a nuestros pacientes. Es urgente cambiar este escenario. Saber el gasto que generamos no solucionará automáticamente el problema, pero es un paso necesario si queremos disponer de las herramientas para incorporar el coste-efectividad a nuestra práctica clínica. El cardiólogo del futuro tendrá que ser un buen gestor porque la alternativa es que el sistema explote, y eso, estaremos de acuerdo, no lo quiere nadie.
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